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Nuevos escenarios de conflicto con Inglaterra y Chile y un oscuro panorama geopolítico para la Argentina Las sucesivas administraciones presidenciales de nuestro país han minimizado el es-pectro de las hipótesis de conflicto con el país trasandino y con el Reino Unido. Mien-tras tanto, medios nacionales ya refirieron al interés de Inglaterra de extender la zona de exclusión en torno a las islas Malvinas hacia 350 millas -y abarcando a la isla de los Estados- y a los proyectos chilenos de construir cinco nuevas represas en la zona de Aysén. El país no se encuentra a la altura del desafío para las próximas décadas. Recientemente, Diario Clarín dio cuenta en su primera plana de los intereses británicos de extender el área de influencia o zona de exclusión en torno a las islas Malvinas, au-mentando la restricción hacia 350 millas. Al realizarse el trazado correspondiente, el observador notará que el área se extiende hasta englobar la isla de los Estados, pertene-ciente a la provincia argentina de Tierra del Fuego e islas del Atlántico Sur. El plan bri-tánico, como correctamente lo ha planteado Clarín, no solo se enmarca dentro de los renovados escenarios de conflicto en torno a los recursos naturales : de confirmarse, Inglaterra blanquearía abiertamente sus intenciones de control geoestratégico sobre la Patagonia argentina y de proyectarse con mayor profundidad sobre la Península Antárti-ca -que reclaman, por igual, argentinos, británicos y chilenos-.
Para los que se desempeñan en las oficinas de Cancillería y el Palacio San Martín, la novedad tal vez haya tomado estado público demasiado tarde, habida cuenta de que los intereses extranjeros sobre el Atlántico Sur y parte del territorio argentino no constitu-yen descubrimiento alguno. Sin ir más lejos, en 1984, y con la firma del Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile, el ex canciller Dante Caputo garantizó el libre tránsito de naves chilenas a través del Estrecho de le Maire, que separa a la isla de los Estados de Tierra del Fuego. La iniciativa encubierta intentó justificarse bajo el paraguas de las groseras pérdidas militares que castigaron a las fuerzas armadas argentinas luego de la Guerra de las Malvinas. Dicho de otro modo, el país no estaba en posición de fuerza para colocar reclamos sobre la mesa. El objetivo era evitar que Chile aprovechara el estado paupérrimo del material y la moral de los uniformados argentinos para permitirse un reclamo de soberanía más amplio. Y vale recordar que la Administración Alfonsín -por sugerencia del propio Caputo- impulsó la cesión de soberanía sobre las islas Picton, Nueva y Lennox, en el mismo tren de evitar una escalada en los reclamos trasandinos. Desde entonces, se ha referido -en reportes confidenciales y no tanto- a la circulación de buques británicos y de otras nacionalidades en cercanías de la isla grande de Tierra del Fuego. Y, de más está decirlo, ni Prefectura Naval ni la Armada Argentina poseían los medios materiales mínimos como para realizar un patrullaje efectivo de la zona. Tam-poco los tienen ahora. Paralelamente, y en otro orden no tan alejado del tema bajo tratamiento, la crisis energé-tica del otro lado de los Andes ha comenzado a causar estragos, y la República de Chile ha comenzado a analizar las estrategias necesarias para suplir sus deficiencias estructu-rales. Descartada la opción nuclear, por costosa y dada la notoria escasez de conoci-mientos y tecnología de la nación, la alternativa de las represas hidroeléctricas sobresale como la más plausible. Medios trasandinos han informado al respecto de los planes del gobierno de Michelle Bachelet para construir un total de cinco represas en la zona sureña de Aysén, limítrofe con la provincia argentina de Santa Cruz. El medio argentino InfoBae puso énfasis en las posibles consecuencias diplomáticas a partir de la decisión chilena, dado que las represas se situarían sobre cursos de agua compartidos con nuestro país y los efectos para este lado de la frontera, de concretarse los proyectos, serían funestas. La oportunidad en los reclamos ingleses y los proyectos chilenos de infraestructura es la mala noticia del caso. El escenario geopolítico para el sur de la Argentina se ensombre-ce, a la vez que la situación se retrotrae peligrosamente a las postrimerías de la Guerra de Malvinas y a los reclamos chilenos de soberanía, en los comienzos de la década del ochenta. Para los autodenominados "analistas serios", la presencia británica en Malvinas y el subsiguiente incremento de su poder militar en el Atlántico Sur (que incluye armas nu-cleares de uso táctico) careció siempre de justificación. Supuestos expertos se atrevieron en su momento a comparar la situación del Imperio en Malvinas con el escenario de Hong Kong, y, luego de la devolución a la República Popular China en 1997, soñaron con un final potencialmente similar para con el archipiélago que nos llevó al conflicto bélico. Pero, como correctamente lo sugiere Clarín, el reclamo inglés se produce no mucho tiempo después de las maniobras rusas en el Artico. El tratamiento de los temas mencionados por parte de la prensa tiene gran importancia para quien sabe leerlo : todo parece indicar que, a partir de ahora, comienza a caer el misterioso velo que cubría los disimulados intereses de las potencias militares frente a los recursos naturales del globo. En el caso inglés, militares argentinos habían revelado, luego de Malvinas, que el petróleo y los recursos no explotados del Atlántico Sur cons-tituían la verdadera razón de los ingleses para mantener una presencia disuasiva tan im-portante en la región, y no el "honor militar". Con la llegada de la democracia, hipótesis de conflicto como la mencionada y aquellas que se mantenían con la vecina República de Chile fueron torpemente eliminadas. Y, como ahora se ve, los vecinos no han hecho lo propio con el estudio de los futuros escenarios respecto de la Argentina. Hay factores comunes que caracterizan a las naciones que observan una política de rela-ciones exteriores acertada y consistente. Esas diplomacias se basan en el mantenimiento de políticas claras a largo plazo en el terreno económico y geopolítico, sumadas a un eficiente y actualizado complejo industrial-militar. Rusos, israelíes, chinos, estadouni-denses, franceses y británicos han repasado hasta el hartazgo los conceptos del general prusiano Karl von Clausewitz, entre los cuales destaca aquel que reza que "la guerra es la continuación de la política por otros medios". La Argentina de hoy no solo ha desensamblado su estructura industrial-militar, sino que ha permitido que sus recursos petroleros y energéticos hayan caído bajo control de con-glomerados extranjeros -cuya titularidad, incluso la de RepSol, puede rastrearse hasta la Corona Británica-. Paralelamente, su casta militar ha sido absorbida y vituperada -en forma sugestivamente planificada- en el terreno ideológico de los "derechos humanos". No hay mejores ejemplos para ilustrar el actual estado de situación, que el apaleo sufri-do recientemente por el coronel del Ejército Walter Rom en Neuquén a manos de mili-tantes enfurecidos que pedían por la aparición de Jorge Julio López, y el ataque a bases militares, hecho que cada vez tiene lugar con mayor regularidad. La Administración del Presidente Néstor Carlos Kirchner ha intentado -a través de la Ministro de Defensa, Nilda Garré- una suerte de reclasificación de las hipótesis de con-flicto de la Argentina, pero tal intento ha quedado en un montaje para los medios. Espe-cialmente si se tiene en cuenta el estado del material con que cuentan las Fuerzas Arma-das, y que sus planes de re-equipamiento son, a todas luces, inexistentes. En un mundo en donde ya no quedan territorios por descubrir, las futuras hipótesis de conflicto continuarán proyectando su pesada sombra sobre aquellas naciones que, cons-ciente o inconscientemente, han descuidado su soberanía territorial, al tiempo que no cuentan con la capacidad militar disuasiva ni la experiencia diplomática necesaria para hacer frente a estos escenarios. MATIAS RUIZ (para el Ojo Digital)
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