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Alejandro nació, en 1947, en Puerto Argentino, único pueblo y capital de Malvinas. Allí estudió en las dos escuelas públicas egresando del secundario con el ciclo básico completo y habiendo cumplido los catorce años de edad. Acorde con la tradición del isleño nativo, con esa edad se independizó de su familia y fue a trabajar en varias estancias de las islas, desempeñando toda la diversidad de las tareas rurales: boyero, peón de patio, tractorista, esquilador, domador, mayordomo, etc. En el ´68 se casó y formó su primera familia, falleciendo su esposa en 1977.

            Mientras aún vivía en el campo (como se dicen ahí en referencia a la zona del interior), decidió estudiar a distancia con la ICS y las universidades de Londres y Edimburgo. Eligió la carrera de Contabilidad para la cual tuvo que aprobar varias materias previas para obtener el nivel de estudios exigidos para ingresar en la carrera. Con título en mano, en 1975, volvió al pueblo para trabajar en el supermercado de la Falkland Islands Company (FIC). Fue nombrado secretario general de la Asociación de Hacendados de las islas, que, a su vez, le abrió las puertas para ejercer su profesión de contador, llevando los libros de contabilidad de 11 estancias privadas. Este contacto directo con la clase medio-alto de la sociedad isleña, le dio oportunidad de conocer de cerca las idiosincrasias del minúsculo circulo de “dirigentes” isleños, en su mayoría británicos radicados transitoriamente en el territorio.

            Comenzó sus investigaciones sobre la cuestión política de la soberanía de las islas en 1976, por iniciativa propia, impulsado por un informe producido por una Comisión Británica sobre recursos no renovables en la zona, más específicamente, los depósitos del petróleo que subyacen en la plataforma submarina.

            Luego de examinar ese documento, se tomo conocimiento de otro Informe inglés, del año 1910, producido por el Sr. Gastón de Bernhardt, conteniendo una extensa descripción histórica-política y jurídica del conflicto y, a pesar de ser comisionado por el Ministerio de Relaciones Exteriores británico para realizar un estudio profundo de la cuestión, el autor no dudó en desarrollar las debilidades del pretendido título inglés sobre las Islas. Estas dos fuentes eran suficientes para provocar a Alejandro a continuar y profundizar sus estudios del tema, que continúan hasta la actualidad.

            Debido a la falta de información disponible en las islas, tuvo que armar su propia biblioteca de consulta, acudiendo a fuentes francesas, españolas, argentinas y británicas a los fines de tener acceso a distintas y variadas versiones de la puja política-jurídica desde los inicios de la disputa. En cada documento, cada relato, cada compilación o compendio, había algo nuevo y distinto para conocerse o informarse. Se abrió un horizonte inesperado y totalmente desconocido, que produjo un giro de ciento ochenta grados en su postura tradicional sobre ese asunto, que es la pro-británica del poblador común de Malvinas. Ese giro dramático le ha provocado un sin número de inconvenientes de toda índole imaginable, pero no aparta un ápice de su arraigada convicción de la injusticia del caso, y la injustificable agresión británica de apoderarse de un territorio sudamericano, totalmente identificable con el Virreinato del Río de la Plata Española, y sobre el cual el Reino Unido no tenía ningún título legítimo.

            Para Alejandro, este caso es un ejemplo perfecto de la arrogancia de los Estados poderosos, y de la hipocresía del discurso político que, en el mejor de los casos, nunca es demasiado sincero. Los acontecimientos de 1982 fueron otro ejemplo de lo ante expuesto. La reconquista militar británica fue proclamada como una demanda democrática y un triunfo de ella sobre la agresión. Pero, en realidad, esa reconquista iba en contramano de la verdadera obligación británica de colaborar plenamente con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para allanar el camino hacia una solución pacífica de una situación que el mismo Reino Unido había escalada a un enfrentamiento militar, a los fines de satisfacer necesidades políticas internas. La autoría y propulsora de la resolución 502 fue obra de la Gran Bretaña, miembro permanente del Consejo de Seguridad con derecho a veto que hizo lo imposible por obstacularizar el avance de otro proyecto de resolución en el Consejo, que no atendía a sus intereses inmediatas. No hace falta decirlo, pero logro su propósito.
            La falsedad de los discursos en ese momento, fue posible (en gran medida) habida cuenta de una maquinaria comunicacional de proporciones descomunales (la prensa internacional) que paralizó la voluntad de muchos que podrían haberse opuesto al curso que habían tomado las cosas.

 
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