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La guarnición británica clandestina es localizada y se intima a sus ocupantes a abandonar el isla Trinidad. Ante la negativa del intruso, el gobierno español adoptó una actitud más firme a la vez que peligrosa. En febrero de 1768, el Rey de España ordena al Gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli, “no permitir establecimiento alguno de los Ingleses: y que de los que tengan hechos los expela por la fuerza, si no sirven las amonestaciones.” Bucarelli expulsa la guarnición inglesa. Bucarelli tardó más de un año en dar cumplimiento a la orden. En el interregno, unos y otros se encontraban circunnavegando las islas. Una goleta española, fue interceptada por una fragata inglesa, cuyo comandante sostuvo que “las Islas estaban poseídas por ellos y que a ningún otro Estado soberano pertenecían.” Informado del encuentro y los dichos del capitán de la fragata inglesa, el gobernador español en el ahora Puerto Soledad, Ruiz Puente, despachó nuevamente su barco con las instrucciones precisas para afirmar la soberanía de su país y conminar a los intrusos a desalojar el lugar. Pero sus reprendas cayeron sobre oídos sordos. De modo tal que Ruiz Puente solicitó refuerzos de Buenos Aires. Una flotilla fue enviada a Puerto de la Cruzada bajo el mando de Juan Ignacio Madariaga quien obligó la capitulación inglesa el 10 de Junio de 1770. Tres semanas después, la guarnición inglesa abandonó las instalaciones en la isla Trinidad. El pacto de 1771 y el abandono de Puerto Egmont, 1774. Enterado de este hecho, Inglaterra amenaza a España con la guerra pero, con la mediación de Francia, se logra arribar a un acuerdo entre las partes. El primer ministro británico, Lord North, declaró que: “si España daba la satisfacción reclamada (británica), ellos (los británicos) iban seguramente a evacuarlas (las Malvinas).” En base de esta promesa, España permite la ocupación nuevamente del fortín inglés en la isla Trinidad. Arribaron en el lugar el 16 de septiembre de 1771. El 20 de mayo de 1774 lo abandonan definitivamente alegando “razones económicas”. Este período - 1771 a 1774 – produjo un cambio fundamental en la situación. España aseguró el dominio indiscutido de las islas. En primer lugar, durante las conversaciones diplomáticos para superar “la injuria hecha a la Corona de su Majestad el Rey” con la expulsión de Trinidad de 1770, España reservaba intacto todos sus derechos en las islas. Gran Bretaña nunca discutió esos derechos ni la reserva explícita de ellos incorporado al acuerdo final. Ese mutismo implica una tácita aceptación de lo que España sostenía. Luego, la devolución autorizado para compensar la afrenta hecha a la Corona inglesa no fueron las Malvinas, sino únicamente una licencia para la posesión de las instalaciones (pero no la propiedad o dominio) en la isla Trinidad. El archipiélago quedó bajo la jurisdicción exclusiva hispánica. Esto es consecuente con la situación porque, en realidad, lo de la isla Trinidad había sido un establecimiento clandestino, organizado en el mayor secreto y mantenida oculta durante el mayor tiempo posible. Con ello, el Reino Unido quería crearse un título en la prioridad de la ocupación efectiva, motivo por el cual tenía que proceder furtivamente para no llamar la atención española. Sin embargo, la colonización de Bougainville hizo trizas de esa pretensión británica y la prioridad inglesa quedó nulo. La ocupación pacífica y exclusiva Española. Desde 1767 hasta 1811 la Corona de España estuvo en posesión efectiva y pacífica de Puerto Soledad donde residía en forma permanente un gobernador político y militar que actuaba bajo la jurisdicción de las autoridades en Buenos Aires. Se suceden, sin interrupción, veinte gobernadores españoles en Malvinas quienes ejercían actos de soberanía plena sobre todo el territorio malvinero, incluyendo la isla Trinidad con la guarnición británica. Nadie discutió esa autoridad. Tal era la situación jurídica cuando la Argentina, después de declarar su independencia en 1810, volvió a ocupar las islas. A sólo 5 días de instalado, el primer gobierno independiente dicta una resolución referente a actos administrativos en el archipiélago. El 30 de mayo de 1810 las Malvinas, igual que el resto del Virreinato del Río de la Plata, integran así y por derecho de sucesión, la emergente República Argentina, que desde su inicio ejerce actos de soberanía que las alcanzan. Las primeras autoridades argentinas. En la última quincena de octubre de 1820, parte de Buenos Aires la fragata de la Armada argentina “La Heroína”. Su destino es Puerto Soledad y su comandante, el Coronel de Marina David Jewett, lleva la orden de instalarse en las Islas. Su establecimiento se formalizó el 6 de noviembre de 1820 en presencia de varios ciudadanos de los Estados Unidos y súbditos británicos. Uno de ellos fue el navegante británico James Weddell, invitado especialmente por Jewett para testimoniar su propósito de consolidar una colonia en Puerto Soledad. Weddell informó a su gobierno del tenor de la invitación cursada por Jewett: “...comisionado por el Supremo Gobierno (de Buenos Aires) para tomar posesión de las Islas en nombre del país al que éstas pertenecen por Ley Natural.” El gobierno británico no protestó en ningún momento ante el gobierno argentino ni ante ninguna otra autoridad por los actos realizados por Jewett en Puerto Soledad. Al poco tiempo, Guillermo Mason sucedió a Jewett en la gobernación de las Malvinas. En 1823, la provincia de Buenos Aires otorgó al los socios Jorge Pacheco y Luis Vernet, la concesión de usufructo de la isla Soledad. Asimismo, a principios del año 1824, designó al capitán de milicias Pablo Areguati, Comandante Militar del archipiélago. Otro hecho de mayor importancia es el que en 1823, el Reino Unido reconoció la independencia argentina y luego, en 1825, suscribió a un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre ambos países, sin que presentara reserva sobre los actos de soberanía argentina en las Islas. Ningún otra Nación opuso reclamos sobre el territorio tampoco.
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